
El presidente Gustavo Petro, mediante una gira diplomática que lo llevó por tres países de Medio Oriente y que ahora lo proyecta hacia Brasil con miras a la cumbre de líderes de la COP30 y la reunión de CELAC-European Union, busca fortalecer su figura en el exterior como mecanismo para hacer frente tanto a los embates del mandatario estadounidense Donald Trump como a los cuestionamientos internos sobre su manejo de la diplomacia.
El giro estratégico del Gobierno señaliza que la proyección internacional deja de ser un valor agregado y pasa a constituir una carta política que se activa ante tensiones externas e internas.
Petro envió a su par brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, el mensaje “Es la hora de la unidad”, como parte de una narrativa que busca construir una alianza regional ampliada. Asimismo, durante su estancia en Catar, propuso al emir mediar para “desescalar el conflicto con Trump”. Este tipo de gestos diplomáticos apuntan a dos frentes: mitigar los efectos de la fricción con EE. UU. y apaciguar las críticas de la oposición que señalan una debilidad del país en su diplomacia.
En efecto, la tensión con Estados Unidos se ha acrecentado. Trump amenazó con multas arancelarias y revocación de visas para funcionarios colombianos, luego de que Colombia se negara a recibir dos vuelos de deportados. Frente a ese escenario, Petro busca diversificar el tablero internacional de Colombia: menos dependencia del “norte” y más interlocución con el mundo. “Si usted no puede acompañarme, yo voy a otros lados”, llegó a decir.
Pero detrás de la agenda internacional late también la mirada hacia el ámbito interno y la política electoral: la oposición ya critica que las giras externas no se acompañen de resultados concretos en materia económica o de seguridad, por lo que la figura del Presidente se convierte en herramienta para reposicionarse ante 2026. Esto, según analistas de la fuente, es parte de los “cálculos electorales” que rodean la diplomacia.
En última instancia, Petro mezcla la diplomacia activa con una apuesta simbólica: convertirse en referente regional, reforzar su visibilidad global y, al mismo tiempo, usar ese escenario como escudo ante críticas internas y externas. Si bien la estrategia le otorga una plataforma mediática de alcance global, su éxito dependerá de que esa proyección se traduzca en logros tangibles para el país.

