
El escándalo por el desfalco a la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (Ungrd) escaló a uno de los capítulos más graves de la política reciente, al comprometer de manera directa a figuras del alto gobierno y a varios miembros del Congreso. Las decisiones judiciales que enviaron a la cárcel a los exministros Ricardo Bonilla y Luis Fernando Velasco marcaron un punto de quiebre en una investigación que revela cómo recursos destinados a atender emergencias y calamidades públicas habrían sido desviados para fines políticos y personales.
Según los expedientes conocidos por las autoridades, el entramado operó mediante contratos inflados, convenios direccionados y pagos irregulares que habrían servido para financiar apoyos en el Legislativo, asegurar votos clave y consolidar alianzas políticas. La investigación sostiene que parte de los recursos de la Ungrd, cuya misión es responder a desastres naturales y crisis humanitarias, terminó convertida en moneda de cambio dentro del Congreso, desnaturalizando por completo el objetivo social de la entidad.
Además de los exministros, al menos diez congresistas aparecen presuntamente salpicados en el esquema. Los señalamientos apuntan a que algunos legisladores habrían recibido beneficios indebidos, directa o indirectamente, a cambio de respaldar iniciativas del Ejecutivo o de facilitar la aprobación de proyectos específicos. En varios casos, las sospechas se centran en gestiones para direccionar contratos hacia empresas o intermediarios cercanos, o en la recepción de recursos para supuestas obras que nunca se ejecutaron plenamente.
El caso tiene un impacto político profundo porque atraviesa tanto al gobierno del presidente Gustavo Petro como a distintas bancadas del Congreso, dejando en evidencia fallas estructurales en los mecanismos de control y una relación clientelista entre ramas del poder público. Mientras la Fiscalía avanza en la individualización de responsabilidades, la Corte Suprema de Justicia mantiene bajo la lupa a los congresistas aforados, en un proceso que podría derivar en nuevas imputaciones, medidas de aseguramiento e incluso pérdidas de investidura.
Más allá de las consecuencias penales, el escándalo de la Ungrd ha reavivado el debate sobre la transparencia en el manejo de los recursos públicos y la necesidad de reformas profundas para evitar que entidades creadas para atender a las poblaciones más vulnerables terminen capturadas por redes de corrupción. La magnitud del caso amenaza con seguir sacudiendo el panorama político y judicial del país en los próximos meses.

