
Ante el repunte de hechos violentos en varias regiones del país y con el calendario político avanzando hacia las elecciones de 2026, la Casa de Nariño ha decidido colocar la seguridad en el centro de su estrategia de gobierno. El presidente Gustavo Petro encabezó al menos tres reuniones privadas de alto nivel con ministros, mandos de la Fuerza Pública y asesores estratégicos, con el objetivo de redefinir acciones que permitan contener la crisis de orden público y, al mismo tiempo, evitar que el deterioro de la seguridad se traduzca en un castigo electoral para el proyecto político de la izquierda.
En estos encuentros, el Gobierno evaluó con detalle los focos regionales de violencia, el accionar de los grupos armados ilegales, las economías criminales que los sostienen y la percepción ciudadana frente a la capacidad del Estado para garantizar tranquilidad. La lectura interna es clara: si la inseguridad continúa escalando, el desgaste no solo afectará la imagen del Ejecutivo en su último tramo, sino que podría comprometer seriamente las aspiraciones de continuidad del proyecto político que hoy gobierna.
Por ello, el énfasis de la estrategia pasa por mostrar resultados concretos y rápidos. Entre los movimientos clave discutidos se encuentra el fortalecimiento del control territorial, una mayor coordinación entre inteligencia, Policía y Fuerzas Militares, y el ajuste de la política de “paz total” para evitar que los ceses al fuego o los diálogos sean percibidos como concesiones que favorecen a los grupos armados. El mensaje que busca proyectar la Casa de Nariño es que la búsqueda de la paz no es incompatible con una respuesta firme del Estado frente a quienes continúan delinquiendo.
Asimismo, el Gobierno es consciente de que la seguridad se ha convertido en uno de los principales temas de preocupación ciudadana y, por tanto, en un factor decisivo del debate electoral que ya se empieza a configurar. En ese contexto, la estrategia no es solo operativa, sino también política y comunicativa: demostrar liderazgo, capacidad de reacción y control de la situación para evitar que la oposición capitalice el miedo y el descontento social.
La apuesta de fondo es que una mejora, o al menos una contención visible de la violencia, permita al oficialismo llegar a 2026 con un discurso más sólido sobre gobernabilidad y resultados. De no lograrlo, en la Casa de Nariño saben que la inseguridad podría convertirse en el talón de Aquiles del proyecto petrista y en el argumento más fuerte de sus contradictores. Por eso, las decisiones que hoy se toman en materia de seguridad no solo buscan responder a una coyuntura crítica, sino también definir el terreno político sobre el cual se disputará el futuro del poder en Colombia.

