
Desde el inicio de su mandato, el presidente Gustavo Petro ha recurrido de manera reiterada a la movilización ciudadana como un eje central de su estrategia política. En poco más de tres años, su Gobierno ha convocado o promovido más de una decena de marchas en distintas ciudades del país, consolidando una dinámica inédita en la que el poder Ejecutivo no solo gobierna desde las instituciones, sino que también busca respaldo directo en las calles. Estas manifestaciones han estado marcadas por consignas a favor de las reformas sociales, críticas abiertas al Congreso de la República y pronunciamientos frente a tensiones diplomáticas, especialmente con Estados Unidos.
Las movilizaciones han tenido como principal bandera el impulso a las reformas estructurales del Gobierno, entre ellas la reforma a la salud, la laboral, la pensional y la educativa. En varias ocasiones, el presidente ha señalado que las dificultades para sacar adelante estos proyectos en el Legislativo responden a resistencias de sectores tradicionales del poder, por lo que ha llamado a la ciudadanía a expresarse públicamente para presionar cambios y demostrar que existe un respaldo popular a su agenda de transformación social.
Además de las reformas, algunas marchas han sido convocadas en momentos de alta tensión política, como cuando el Gobierno ha enfrentado derrotas legislativas o fuertes cuestionamientos desde el Congreso. En esos contextos, las manifestaciones han servido como un mensaje político directo: el Ejecutivo se presenta como intérprete de la voluntad popular frente a lo que considera bloqueos institucionales. Esta narrativa ha reforzado el discurso de confrontación entre el “pueblo en las calles” y las élites políticas tradicionales.
Otro componente relevante de estas movilizaciones ha sido su dimensión internacional. En ciertos episodios, las marchas han incorporado consignas relacionadas con la defensa de la soberanía nacional y el rechazo a presiones externas, especialmente en medio de roces diplomáticos con Estados Unidos. De esta manera, el Gobierno ha utilizado la protesta no solo como herramienta de política interna, sino también como un símbolo de respaldo popular frente a escenarios de tensión internacional.
Sin embargo, esta estrategia no ha estado exenta de controversia. Sectores de la oposición y analistas han cuestionado que un Gobierno en ejercicio convoque de forma recurrente a manifestaciones, argumentando que la protesta social es un derecho ciudadano que históricamente ha servido para exigirle al poder, no para respaldarlo. También se han planteado preocupaciones sobre la polarización política y el riesgo de trasladar los debates institucionales al terreno de la confrontación callejera.
Pese a las críticas, el presidente Petro ha defendido estas convocatorias como una expresión legítima de la democracia participativa y como un mecanismo para mantener un diálogo directo con la ciudadanía. En su visión, las marchas no reemplazan a las instituciones, sino que las complementan al permitir que la voz popular tenga un papel activo en las decisiones nacionales.
Así, a lo largo de su gobierno, las manifestaciones se han convertido en un sello distintivo de su gestión: un recurso político recurrente que refleja tanto el estilo de liderazgo de Gustavo Petro como el profundo debate que atraviesa al país sobre la relación entre el poder, la calle y la democracia.

