
Han pasado ocho años desde el colapso del puente Chirajara, ocurrido en enero de 2018 en la vía que conecta a Bogotá con Villavicencio, y la estructura aún no ha sido puesta en funcionamiento, pese a haber sido reconstruida. Así lo recuerda El Espectador en un recuento sobre uno de los episodios más críticos de la infraestructura vial reciente del país.
El desplome del puente, que hacía parte del proyecto de doble calzada Bogotá–Villavicencio, dejó nueve trabajadores muertos y obligó a replantear por completo la obra. Tras el accidente, se adelantaron investigaciones técnicas y judiciales que determinaron fallas en el diseño estructural, lo que llevó a la demolición de la estructura original y a la construcción de un nuevo puente.
Aunque el nuevo Chirajara fue finalizado hace varios años, no ha sido habilitado para el tránsito vehicular. Según lo expuesto en el artículo, la razón principal está en que el puente no conecta con una doble calzada completa, ya que varios tramos del corredor aún no están terminados, lo que impide su uso pleno.
Además, el proyecto ha estado marcado por retrasos contractuales, disputas técnicas y ajustes en el alcance de las obras, factores que han prolongado la entrada en operación de una infraestructura considerada clave para la movilidad entre el centro del país y los Llanos Orientales.
El caso del puente Chirajara se ha convertido en un símbolo de los problemas de planeación, ejecución y control en grandes proyectos viales en Colombia, mientras los usuarios de la vía al Llano continúan enfrentando cierres frecuentes, congestión y riesgos por la inestabilidad del corredor.

