
La discusión sobre la presencia y el accionar del Ejército de Liberación Nacional (ELN) en el departamento de Arauca se convirtió en el nuevo foco de tensión política tras las declaraciones del candidato Juan Carlos Pinzón, quien cuestionó de manera directa la relación de esta guerrilla con sectores políticos de la región y, en particular, con la representante Lina Garrido. Sus afirmaciones no solo reavivaron el debate sobre la seguridad en uno de los territorios más golpeados por el conflicto armado, sino que elevaron el tono de la confrontación personal y política entre ambos dirigentes.
Pinzón sostuvo que la influencia del ELN en Arauca sigue siendo determinante en la dinámica social y política del departamento, y sugirió que existe una cercanía preocupante entre la organización armada y algunas figuras públicas. Según el candidato, este tipo de vínculos, ya sea por acción u omisión, contribuyen a la persistencia de estructuras ilegales que afectan la gobernabilidad, limitan la libertad de los ciudadanos y perpetúan un clima de intimidación en la región. Sus palabras fueron interpretadas como una acusación directa contra Garrido, a quien señaló de no asumir una postura clara y contundente frente a la guerrilla.
La representante Lina Garrido respondió con firmeza, rechazando de manera categórica cualquier insinuación de cercanía o complicidad con el ELN. Calificó las declaraciones de Pinzón como irresponsables y peligrosas, al considerar que estigmatizan a líderes políticos y desvían la atención de los verdaderos problemas estructurales que enfrenta Arauca. Garrido defendió su trayectoria pública y aseguró que ha sido una voz crítica contra los grupos armados ilegales, al tiempo que acusó a su contradictor de utilizar el tema de la seguridad como una estrategia electoral basada en el miedo y la desinformación.
El cruce de señalamientos escaló rápidamente en el debate público, trasladándose a escenarios mediáticos y redes sociales, donde simpatizantes de ambos bandos profundizaron la polarización. Analistas políticos advierten que esta confrontación refleja una tendencia creciente en la campaña: el uso del conflicto armado como eje de disputa política, especialmente en regiones donde la presencia de grupos ilegales sigue siendo una realidad cotidiana.
Mientras tanto, la situación de seguridad en Arauca continúa siendo un asunto sensible para la población, que observa con preocupación cómo el tema se convierte en arma arrojadiza en la contienda electoral. Para muchos ciudadanos, más allá de los enfrentamientos verbales entre líderes políticos, persiste la expectativa de propuestas concretas que permitan enfrentar la violencia, fortalecer la institucionalidad y garantizar condiciones reales de paz y desarrollo en el departamento.
La polémica entre Pinzón y Garrido deja en evidencia que el debate sobre el ELN no solo atraviesa la agenda de seguridad nacional, sino que también se ha instalado como un factor decisivo en la lucha política regional, con implicaciones que podrían influir de manera significativa en el rumbo de la campaña y en la percepción ciudadana sobre quienes aspiran a liderar los cambios que Arauca reclama.

