
El Congreso atraviesa una parálisis creciente mientras avanza la campaña electoral, pues buena parte de los legisladores ha volcado sus esfuerzos a actividades proselitistas en lugar de concentrarse en el trámite legislativo. Según denuncian varios congresistas, algunos de sus colegas apenas asisten a las sesiones para dejar constancias, promover condecoraciones o aparecer en registros oficiales que sirvan como material electoral en sus territorios. Esta dinámica ha generado molestia en distintos sectores políticos, que advierten que el Legislativo está quedando reducido a un escenario de figuración y visibilidad, no de deliberación ni producción normativa.
El ausentismo sistemático y la baja disposición para entrar en debates de fondo han puesto en riesgo una lista cada vez más amplia de proyectos, entre ellos reformas centrales impulsadas por el Gobierno y otras iniciativas clave promovidas por distintos partidos. Frente a la falta de quórum y el desinterés para avanzar en las discusiones, varias reformas corren el riesgo de hundirse por tiempo, lo que tendría efectos significativos en la agenda social, económica y administrativa del país.
Aunque las mesas directivas insisten en que el Congreso debe retomar su ritmo habitual, el ambiente general muestra que la prioridad de muchos parlamentarios está fuera del Capitolio: en eventos territoriales, reuniones comunitarias y actos simbólicos que fortalecen su presencia electoral. Mientras tanto, la ciudadanía observa cómo, en el tramo final del período legislativo, se acumulan proyectos sin debate, sin consenso y sin perspectiva clara de aprobación, reflejando un Congreso más enfocado en la contienda política que en la función para la cual fue elegido.

