
A menos de un año de que comience de lleno el calendario electoral de 2026, el Gobierno del presidente Gustavo Petro enfrenta uno de sus momentos más complejos en el Congreso. Tras una serie de reveses legislativos, cuatro de los proyectos más emblemáticos de su agenda de cambio quedaron en la cuerda floja, con un futuro incierto y escaso margen político para ser aprobados en los tiempos restantes del actual periodo. El desgaste de las mayorías, la fragmentación de las coaliciones y la creciente polarización han convertido la recta final del mandato en un terreno cuesta arriba para el Ejecutivo.
Entre las iniciativas comprometidas se encuentran reformas estructurales que el petrismo presentó como pilares de su proyecto político y social. Estas propuestas, concebidas para transformar áreas sensibles del Estado y de la vida cotidiana de los ciudadanos, han encontrado una resistencia persistente en el Legislativo, donde los consensos se han vuelto cada vez más difíciles de construir. En algunos casos, los proyectos han sido archivados; en otros, sobreviven con modificaciones profundas que diluyen su espíritu original, lo que ha generado tensiones internas dentro del propio Gobierno.
El escenario ha obligado al presidente y a su gabinete a explorar caminos alternativos para mantener viva su agenda. Uno de ellos es la intensificación del discurso político de cara a la opinión pública, con un claro énfasis electoral, buscando trasladar el pulso del Congreso a la calle. En esa lógica, ha cobrado fuerza nuevamente la idea de una asamblea constituyente, presentada por sectores del oficialismo como una salida institucional al bloqueo legislativo, pero leída por la oposición como una estrategia para reordenar el tablero político en vísperas de 2026.
La posibilidad de una constituyente, más allá de su viabilidad jurídica y política, refleja la magnitud del atasco en el que se encuentra el Gobierno. Para sus críticos, este giro evidencia la dificultad del Ejecutivo para gobernar sin mayorías estables; para sus defensores, se trata de una respuesta a lo que consideran un Congreso reacio a cualquier transformación de fondo. En todo caso, el debate añade un nuevo elemento de tensión al ambiente preelectoral y profundiza la confrontación entre ramas del poder público.
Con un Congreso cada vez más distante y un país que ya empieza a mirar hacia las próximas elecciones presidenciales, los cuatro proyectos en riesgo se han convertido en símbolo de las limitaciones del Gobierno Petro en su tramo final. Su suerte no solo marcará el balance legislativo del mandato, sino que también influirá en el relato político con el que el oficialismo y la oposición llegarán a la contienda de 2026.

