De cara a las elecciones legislativas de 2026, el departamento de Caldas se ha convertido en uno de los escenarios más intensos de la contienda política regional, marcada por el protagonismo de clanes familiares que buscan consolidar o ampliar su influencia en el Congreso. En el centro del debate aparece una particularidad legal: mientras la normativa electoral colombiana prohíbe que hermanos aspiren simultáneamente a una misma corporación, no establece restricciones para otros grados de parentesco, como los primos. Este vacío ha abierto la puerta para que varios familiares cercanos compitan de manera paralela, incluso con estrategias coordinadas.
La presencia de primos en listas o campañas simultáneas no es una novedad absoluta, pero en Caldas el fenómeno ha tomado una dimensión especial por la fortaleza de las maquinarias políticas locales. Estas estructuras, construidas durante años alrededor de liderazgos tradicionales, control territorial y redes clientelares, se disputan avales, apoyos partidistas y bases electorales con una intensidad que ha fragmentado alianzas históricas y reconfigurado el mapa político del departamento.
La pelea no se limita a los partidos tradicionales. En distintas colectividades se evidencian tensiones internas por la asignación de cupos, el respaldo de dirigentes regionales y el acceso a recursos logísticos y financieros. La entrada de familiares cercanos en la competencia ha exacerbado rivalidades, pues obliga a redistribuir apoyos y a definir lealtades en municipios donde el voto suele responder más a liderazgos locales que a ideologías.
Además del pulso por las maquinarias, el debate ha reavivado cuestionamientos sobre el alcance real de las normas de inhabilidades e incompatibilidades. Mientras algunos sectores defienden que la ley es clara y permite estas candidaturas, otros advierten que la concentración del poder político en familias ampliadas debilita la renovación democrática y perpetúa prácticas tradicionales que limitan la competencia en igualdad de condiciones.
En este contexto, Caldas se perfila como un laboratorio político para 2026: allí se medirá no solo la fuerza de los apellidos y las maquinarias, sino también la capacidad de los partidos para gestionar sus disputas internas y responder a una ciudadanía cada vez más crítica frente a la continuidad de los clanes en el poder. El resultado de esta pugna podría tener efectos más allá del departamento y reabrir la discusión nacional sobre la necesidad de ajustar las reglas del juego electoral.
