
El senador Andrés Guerra decidió dar un paso al costado en su precandidatura presidencial por el Centro Democrático, como reacción directa a las recientes modificaciones que su partido implementó en su mecanismo interno de selección. Guerra, que había anunciado su interés en competir por la nominación, se mostró en desacuerdo con los cambios anunciados por la dirección del partido, que alteran de manera significativa el proceso previamente establecido.
Originalmente, se esperaba que el Centro Democrático realizara una encuesta interna para definir su candidato presidencial el 28 de noviembre. Según los estatutos y anuncios anteriores, este método permitiría una competencia clara y directa entre los aspirantes.
Sin embargo, el partido dio un giro inesperado: emitió un comunicado oficial señalando que ya no usará exclusivamente la encuesta para elegir al( los ) candidato(s), sino que “cualquiera de los mecanismos establecidos en sus estatutos” podría ser utilizado. Esto deja abierta la posibilidad de diferentes vías —como una consulta interpartidista, voto interno o incluso designación directa— para designar al abanderado o a los abanderados de cara a las elecciones presidenciales de 2026.
Además, uno de los puntos más polémicos del nuevo esquema es que el Centro Democrático no descarta presentar más de un aspirante en la contienda electoral. Esta opción va en contra de la tradición del uribismo, que normalmente promueve un solo candidato unificado para maximizar su competitividad. Para algunos críticos internos, esta apertura mina la cohesión del partido y diluye su fuerza unificada, un argumento que Guerra recoge en su decisión de retirarse.
En su renuncia, Guerra afirmó que estos ajustes no solo cambian las reglas del juego, sino que también transforman la lógica estratégica del Centro Democrático, lo cual no coincide con su visión para la coalición y el mensaje político que debería defenderse. Prefiere dar un paso al costado a seguir en un proceso que, a su juicio, ha abandonado los criterios de claridad y competencia equitativa.
Por su parte, el partido ha defendido sus decisiones. En comunicaciones oficiales, desde la cúpula del Centro Democrático se asegura que las reglas han sido “claras y socializadas”, y que su compromiso es con un proceso “impecable” y competitivo. Además, el director del movimiento y otros líderes coinciden en que esta flexibilidad normativa responde a la voluntad de adaptarse al calendario electoral y a los desafíos estratégicos del 2026.
Con la salida de Guerra, el campo de precandidatos del Centro Democrático se reduce, pero al mismo tiempo se intensifican las tensiones internas. Otros aspirantes aún en carrera —como Paloma Valencia, María Fernanda Cabal, Paola Holguín y Miguel Uribe Londoño— ahora deben calibrar sus estrategias en un escenario que ya no favorece necesariamente a un solo ungido.
Esta renuncia marca un momento clave para el uribismo: demuestra que no todos sus referentes están cómodos con la nueva mestiza entre mecanismos estatutarios y decisiones estratégicas de partido, y abre la posibilidad de una contienda más fragmentada que podría debilitar su unidad de cara a la consulta interpartidista prevista para marzo de 2026.

