
La apuesta por una gran alianza de derecha y centro-derecha para enfrentar al frente amplio impulsado por el petrismo enfrenta serias fracturas internas. Aunque las voces de dos figuras centrales del establecimiento político, los expresidentes Álvaro Uribe Vélez y César Gaviria, han coincidido en la necesidad de un bloque común para recuperar el poder Ejecutivo y asegurar mayorías en el Congreso, en la práctica los partidos y precandidatos que deberían integrarlo se encuentran en plena disputa por protagonismo, mensajes y orientación ideológica.
El llamado a la unidad, que en teoría debería consolidar a la llamada “Gran coalición por el futuro de Colombia”, ha dejado al descubierto que las diferencias en la derecha no son únicamente personales, sino de fondo. Por un lado, el uribismo insiste en un discurso centrado en la seguridad, el orden y la crítica directa al Gobierno del presidente Gustavo Petro, presentando el momento como una encrucijada para “salvar la institucionalidad”. Por otro, sectores conservadores y liberales que se distanciaron del petrismo buscan una ruta más moderada, con énfasis en la reactivación económica y el fortalecimiento institucional, pero sin regresar al tono confrontacional que caracterizó a la política hace una década.
Mientras tanto, los aspirantes a la candidatura única no logran definir mecanismos claros para la selección. Hay quienes promueven una consulta amplia, otros proponen negociaciones cerradas entre partidos, y un tercer grupo busca encuestas internas que favorezcan a sus figuras regionales. Estas diferencias han generado fricciones públicas y mensajes cruzados que debilitan la imagen de cohesión, justo en el momento en que el petrismo avanza en consolidar su frente amplio con sectores alternativos, liberales disidentes y movimientos sociales.
Las tensiones también reflejan disputas históricas por el control de los directorios regionales, donde caciques locales ven con recelo la idea de una coalición nacional que pueda reducir su margen de maniobra territorial. Así, mientras el discurso de unidad se proyecta en Bogotá, en las regiones persisten rivalidades por cuotas y agendas particulares.
El panorama actual sugiere que la derecha enfrenta un reto doble: articular un mensaje común que vaya más allá del rechazo a Petro, y encontrar un método transparente que legitime la selección de su liderazgo presidencial. Si no logra resolver esas contradicciones en el corto plazo, la coalición corre el riesgo de presentarse fragmentada en la contienda nacional, debilitando sus posibilidades frente a un proyecto político que, pese a sus propias tensiones, ha logrado avanzar con mayor sentido estratégico.

