
La llamada “Gran Consulta” de 2026, un mecanismo que busca articular a varios sectores de la derecha y el centro-derecha con miras a las elecciones presidenciales, atraviesa una etapa de definiciones clave. En ese escenario, el nombre de la senadora Paloma Valencia empieza a ganar fuerza, aunque su eventual ingreso al bloque aún no está confirmado y depende de decisiones internas del Centro Democrático, así como de la postura del expresidente Álvaro Uribe Vélez.
Valencia ha enviado señales públicas de disposición al diálogo y a la construcción de consensos, lo que ha sido interpretado por algunos integrantes de la Gran Consulta como un gesto de apertura y unidad. Sin embargo, al interior del Centro Democrático persisten voces que llaman a la cautela: el partido no ha definido formalmente su estrategia para 2026 ni el mecanismo mediante el cual escogerá candidato presidencial, lo que obliga a mantener prudencia frente a alianzas externas.
Para los promotores de la Gran Consulta, la eventual participación de Paloma Valencia tendría un doble efecto. Por un lado, fortalecería el bloque con una figura de alto reconocimiento nacional, discurso firme en temas de seguridad, economía y oposición al Gobierno de Gustavo Petro. Por otro, obligaría a ajustar equilibrios internos para evitar tensiones entre precandidatos y sectores que temen que una figura de peso incline la balanza prematuramente.
El papel de Álvaro Uribe sigue siendo determinante. Aunque no ocupa cargos de dirección partidista, su influencia política y simbólica continúa marcando el rumbo del Centro Democrático. Cualquier decisión sobre la participación de Valencia en una consulta amplia pasaría, directa o indirectamente, por su aval, lo que explica la expectativa y la espera entre los integrantes del bloque.
Mientras tanto, Paloma Valencia mantiene una estrategia medida: no cierra la puerta a la Gran Consulta, pero tampoco se adelanta a un anuncio sin el respaldo pleno de su partido. Así, el escenario permanece abierto, con gestos de acercamiento, mensajes de unidad y una dosis de reserva política que refleja la complejidad de la carrera presidencial de 2026, donde las alianzas tempranas pueden ser decisivas, pero también riesgosas.

