
La decisión del precandidato presidencial Abelardo de la Espriella de no participar en una consulta con los sectores de la derecha, propuesta por el expresidente Álvaro Uribe Vélez, generó movimientos internos y tensiones visibles dentro del uribismo y del bloque opositor al Gobierno nacional. Su postura, que rompe con la estrategia de unidad impulsada por algunos líderes tradicionales, ha encendido el debate sobre el rumbo y la cohesión de la derecha de cara a las elecciones presidenciales de 2026.
De la Espriella defendió su negativa argumentando que su proyecto político se concibe como independiente y sustentado en el respaldo ciudadano, más que en acuerdos partidistas. La reciente entrega de cerca de 4,8 millones de firmas ante la Registraduría se convirtió en su principal carta política para sustentar esa posición, pues —según ha señalado— dicho apoyo refleja una base popular propia que no requiere someterse a una consulta interpartidista para validar su candidatura.
Dentro del uribismo, la determinación no fue bien recibida por todos los sectores. Algunos dirigentes consideran que la negativa debilita la posibilidad de construir una candidatura única de la derecha desde la primera vuelta, escenario que Uribe ha promovido como una estrategia clave para enfrentar al bloque de izquierda y al petrismo. Otros, en cambio, interpretan la postura de De la Espriella como un síntoma del desgaste del liderazgo tradicional y del surgimiento de figuras que buscan capitalizar el descontento ciudadano desde fuera de las estructuras partidarias clásicas.
El episodio también dejó en evidencia las diferencias estratégicas que atraviesan hoy a la derecha y la centroderecha, donde conviven quienes apuestan por mecanismos de unidad temprana y quienes prefieren medir fuerzas directamente en las urnas. En ese panorama, la figura de De la Espriella gana visibilidad, pero también enfrenta el reto de convertir el respaldo en firmas en un apoyo electoral sostenible, sin romper por completo los puentes con sectores que podrían resultar clave en una eventual segunda vuelta.
Así, la negativa a la consulta no solo intensificó los ruidos internos en el uribismo, sino que reabrió el debate sobre cómo y con quién se debe construir la oposición para 2026, dejando claro que la disputa por el liderazgo de la derecha ya comenzó y se juega tanto en el terreno de las alianzas como en el de la independencia política.

