
El Congreso de la República aprobó el Presupuesto General de la Nación, pero dejó claro que la relación con el Gobierno sigue siendo tensa, especialmente en lo que respecta a la reforma tributaria. Aunque la votación del plan de gastos estatales para el próximo año avanzó sin mayores obstáculos, varios legisladores de distintos partidos ya anunciaron su intención de rechazar la iniciativa fiscal presentada por el Ejecutivo.
El argumento central de los congresistas que se oponen es que la reforma, en lugar de mejorar el recaudo, representaría una carga adicional para los ciudadanos y las empresas en un momento de desaceleración económica. Frente a ello, han insistido en que el Gobierno debería concentrarse en hacer recortes en el gasto público y optimizar los recursos ya disponibles, antes de buscar nuevas fuentes impositivas.
La posición del Legislativo supone un desafío directo para el presidente Gustavo Petro, quien defiende la reforma como una herramienta fundamental para garantizar recursos que financien sus proyectos sociales y de inversión. No obstante, la resistencia parlamentaria refleja el ambiente de desconfianza hacia la capacidad del Gobierno para ejecutar de manera eficiente el presupuesto aprobado.
Este pulso entre el Ejecutivo y el Congreso no solo condiciona el futuro de la reforma tributaria, sino que también pone en evidencia las fracturas políticas que atraviesan la coalición oficialista y la dificultad de construir consensos en torno a medidas de impacto económico.

