
Felipe Córdoba, excontralor general de la República, dio un paso clave en su proyecto presidencial al consolidar el respaldo de la mayoría de los representantes a la Cámara del Partido Conservador. Este espaldarazo político fortalece su aspiración a la Casa de Nariño y lo posiciona como un actor de peso dentro de una colectividad históricamente fragmentada, pero con influencia determinante en la definición de alianzas y candidaturas de cara a las elecciones de 2026.
El apoyo de los congresistas no es un gesto menor. En un partido acostumbrado a los equilibrios internos y a las disputas entre corrientes regionales y nacionales, la movida de Córdoba agudiza el pulso con el senador Efraín Cepeda, uno de los principales jefes políticos del conservatismo y figura clave en la toma de decisiones de la bancada. El choque entre ambos liderazgos evidencia una pugna por el control político de la colectividad y por la orientación estratégica que deberá asumir en el próximo ciclo electoral.
Más allá del respaldo legislativo, la consolidación de apoyos refleja el cálculo de varios congresistas que ven en Córdoba una opción con mayor proyección electoral y capacidad de conectar con sectores de derecha y centroderecha. Su perfil técnico, sumado a la visibilidad que le dio su paso por la Contraloría, se convierte en un activo en un escenario donde muchos partidos buscan candidatos con reconocimiento nacional y discurso de autoridad frente a temas de control, transparencia y gestión pública.
Sin embargo, esta victoria interna también implica riesgos. La confrontación directa con Cepeda y otros sectores tradicionales puede profundizar las divisiones históricas del Partido Conservador y debilitar su cohesión en un momento en el que la derecha intenta construir una estrategia de unidad para enfrentar a la izquierda y disputar el poder en 2026. Una colectividad dividida podría perder capacidad de negociación y afectar eventuales consultas o acuerdos interpartidistas.
Así, el avance de Felipe Córdoba no solo redefine el tablero interno del conservatismo, sino que también introduce un nuevo factor de tensión en la derecha colombiana. Su consolidación como precandidato abre oportunidades, pero al mismo tiempo plantea el desafío de evitar que la disputa interna termine fracturando una apuesta de unidad que muchos consideran clave para el futuro político del país.

