
En el debate público sobre la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), gran parte de la atención suele centrarse en los excombatientes de las antiguas guerrillas, dejando en un segundo plano los procesos, beneficios y responsabilidades de los integrantes de la fuerza pública que también se acogieron a este modelo de justicia transicional. Sin embargo, los militares y policías que comparecen ante la JEP han asumido un papel clave en el esclarecimiento de la verdad, la reconstrucción de la memoria y la reparación a las víctimas del conflicto armado, especialmente en casos relacionados con ejecuciones extrajudiciales, operaciones militares cuestionadas y violaciones de derechos humanos.
La JEP les ofrece beneficios jurídicos relevantes, como la posibilidad de acceder a sanciones propias no privativas de la libertad, reducción de penas y tratamiento diferenciado, siempre que exista un compromiso real y verificable con la verdad plena, la aceptación de responsabilidad y la participación en medidas restaurativas. Para muchos uniformados, este proceso representa no solo una salida judicial, sino también una oportunidad para limpiar sus nombres, reconocer errores institucionales y construir una narrativa más completa del conflicto.
No obstante, el camino no ha sido sencillo. Persisten tensiones internas en las fuerzas militares, resistencias políticas que buscan deslegitimar el sistema transicional y dudas de sectores de la opinión pública que consideran injustos los tratamientos diferenciados. A pesar de ello, el papel de los comparecientes de la fuerza pública ha sido decisivo para revelar patrones, cadenas de mando y prácticas que no habrían salido a la luz en la justicia ordinaria. La JEP, lejos de ser un escenario de impunidad, se ha convertido en un espacio donde la responsabilidad estatal y el dolor de las víctimas se ponen de frente.
En este contexto, la “segunda oportunidad” que ofrece la justicia transicional no es un simple perdón, sino un proceso que exige verdad profunda, reconocimiento y actos de reparación. El reto continúa: lograr que las decisiones de la JEP fortalezcan la legitimidad institucional, contribuyan a la reconciliación y garanticen que hechos similares no se repitan en el futuro.

