
El cierre de 2025 deja a Colombia inmersa en un escenario político marcado por la incertidumbre, la fragmentación y una fuerte carga de polarización. A menos de un año de las elecciones presidenciales de 2026, el panorama está lejos de aclararse y, por el contrario, se asemeja a un “popurrí electoral” en el que conviven alianzas en construcción, consultas sin definir y una avalancha de aspirantes que buscan abrirse camino por fuera de los partidos tradicionales.
En el centro de las movidas políticas siguen estando dos figuras que, desde orillas opuestas, continúan influyendo decisivamente en la agenda nacional: el presidente Gustavo Petro y el expresidente Álvaro Uribe. Aunque ninguno será candidato, ambos actúan como grandes articuladores de sus respectivos sectores, impulsando nombres, condicionando acuerdos y marcando líneas ideológicas que profundizan la división del electorado. El petrismo intenta preservar la cohesión de la izquierda y el progresismo, mientras enfrenta tensiones internas por liderazgos, resultados de gobierno y estrategias electorales. Del otro lado, el uribismo y la derecha buscan recomponerse tras derrotas previas, pero chocan con la dispersión de aspirantes y la falta de un liderazgo único que logre aglutinar al sector.
Uno de los principales focos de incertidumbre gira en torno a las consultas interpartidistas previstas para el 8 de marzo. Aunque estas se perfilan como un mecanismo clave para ordenar candidaturas y medir fuerzas, todavía no hay claridad total sobre quiénes participarán ni bajo qué reglas. Las dudas sobre la viabilidad de algunas consultas, sumadas a los cálculos políticos de partidos y precandidatos, mantienen en vilo a un electorado que esperaba señales más concretas al cierre del año.
A este escenario se suma el crecimiento de candidaturas por firmas, un fenómeno que refleja tanto el desgaste de los partidos como la apuesta de varios aspirantes por presentarse como alternativas “independientes” frente a la política tradicional. Sin embargo, esta abundancia de nombres también fragmenta el debate, diluye apoyos y dificulta la consolidación de proyectos sólidos, alimentando la sensación de desorden y falta de rumbo.
En conjunto, el balance de 2025 muestra un sistema político tensionado, con alianzas frágiles, estrategias aún en construcción y una polarización que no da tregua. Lejos de despejar el camino hacia 2026, el cierre del año confirma que la carrera presidencial apenas comienza y que, por ahora, las certezas son pocas frente a un tablero político saturado de aspiraciones, cálculos y disputas de poder.

