
En un movimiento que muchos interpretan como más simbólico que estratégico, Juan Guillermo Zuluaga renunció a su precandidatura presidencial dentro de la coalición La Fuerza de las Regiones. Su salida, anunciada el 19 de noviembre, deja en evidencia que la opción que él representaba fue en gran parte una ilusión política: una aspiración que “jamás tuvo” la solidez necesaria, y que “nadie creyó que tuviera”, como bien puede resumir la propia paradoja de su proyecto.
Desde el principio, el exgobernador del Meta insistió en que el mecanismo para elegir al candidato único debía ser una encuesta exclusiva, organizada por una firma internacional y con auditoría nacional, en aras de garantizar transparencia y legitimidad. Pero esa exigencia técnica chocó con otras voces dentro de la coalición: algunos proponían sustituir esa encuesta por un promedio de sondeos públicos, lo que para Zuluaga ponía en riesgo la credibilidad del proceso.
La ruptura entre los precandidatos se tornó inevitable. Su renuncia no solo debilita a La Fuerza de las Regiones —que ya había perdido a Héctor Olimpo Espinosa hacía pocos días. Pero también revela que la candidatura de Zuluaga no era tanto un proyecto real de poder, sino un gesto de principio: su lucha por unas reglas claras parecía más importante para él que la propia victoria.
Al bajarse, Zuluaga dejó abierta la puerta para apoyar al candidato que salga de la encuesta que él defendía, reafirmando su compromiso con la “unidad regional”. Sin embargo, el hecho es claro: su opción solo existía en los papeles y en su convicción, no en el pulso político real. Su salida marca el ocaso de una candidatura que fue más simbolismo que sustancia, dejando tras de sí la sensación de un movimiento más nostálgico que ambicioso.
Con Zuluaga fuera, solo permanecen dos nombres en la coalición: Aníbal Gaviria y Juan Carlos Cárdenas. Su renuncia es, en última instancia, un gesto de renuncia al sueño que él mismo ayudó a construir, pero que nunca despegó.

